Si pudiera elegir

 

Si pudiera elegir

Si pudiera elegir me gustaría morir por una bomba atómica en la zona cero. Inesperadamente fundirme a mil grados centígrados. En un segundo. Y que mi sombra se quedara pegada al suelo junto a la sombra de una flor, por ejemplo.

– Tú lo que eres es un egoísta. Lo dices porque no quieres morir solo. No quieres que el dolor te haga buscar a Dios, ni tiempo para pensar en Él.

– No me hagas reír. Si Dios existe; al vernos, al ver lo que hizo, sin duda se hizo ateo y nos abandonó hace tiempo. Y que sepas que aunque vivamos juntos, todos moriremos solos.

Televisiones rojas bajo el cielo azul. El mundo grita sus desastres mientras cambiamos de canal buscando risas enlatadas. Un mundo feliz; con fútbol, grandes o pequeños hermanos, tele-comedias, tele-dramas, tele-vidas y risas, muchas risas enlatadas. Todo le pasa a los otros: guerras, efecto invernadero, hambre… Todo parece mentira hasta que “el directo” cae sobre ti como una bomba.

-Creo que voy a ir al desierto Nevada. Allí los americanos prueban las suyas antes de hacerlo con el mundo.

– ¿Y qué tiene de inesperado ir al desierto de Nevada y esperar a una bomba?

– No sé. Supongo que lo único inesperado allí

es

esperar una flor.

 

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Bajaban con el sol

Bajaban con el sol por la calle San José. Venían en pandilla. De tenerlos encerrados, salieron de misa con el demonio dentro y los bolsillos llenos de piedras. Ya habían matado un gato y tirado dos nidos cuando Manuel, El Choto, dijo “Vamos a tirarle piedras a la Luna”. Así llamaban al chico de la Valentina: Chico Luna. Era blanco, blando, gordo, torpe. Era bobo. De la comisura de sus labios, casi siempre, caía una baba; y le gustaba esperar a las sombras en la fresca sentado tristemente.

Bajaban con el sol por la calle San José dando gritos y tirando piedras: “¿Te duele Chico Luna? ¿te duele, tonto?”. Y el pobre bruto, aterrorizado, con cada piedra que le caía, se tapaba la cabeza y gritaba: “¡No sé!”

“¡no sé!”