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Cuatro Torres

Porque nací con instinto suicida

tengo una constante voracidad de infinito

que me acerca a las estrellas

y a las vías del tren. Quizá, si fuera aviador,

no tendría que asomarme a las ventanas

en un intento infantil de arrimarme al horizonte.

No tendría que mirar al cielo

como ave con ala rota,

ni perseguir la sombra de los pájaros.

Abismado, solo intento sobrevivir

a este mundo interior que me aleja,

con eterno anhelo al mar

y una inolvidable melancolía por las montañas.

 

Allí, donde nacen…

Allí ,madre, necesito ir.

 

(atardecer, lavanda, colibrí)

 

– Siento perder la vida que me diste

buscando.

 

 

 
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Imagino que te has ido

Imagino que te has ido. Y que me he despedido de ti en el aeropuerto. Y  he visto como tu avión se iba lejos hasta convertirse en un punto, un pájaro, una estrella, no sé. Tu hermana me cogía de la mano ( allí también estaba tu familia) y decía “será feliz”. Y así, juntas, imaginamos durante años como ibas dando la vuelta al mundo. Y nos sorprendías en cualquier momento tocándonos en la espalda ( porque en el mundo círculo infinito todo empieza círculo infinito en el mismo sitio) diciendo “ya estoy aquí, ya estás aquí”.

Cuando cierro los ojos

Cuando cierro los ojos oigo el mar; este es mi secreto para desaparecer…al menos en parte-  dijo mientras se sentaba a su lado para tranquilizarla. Ya se escuchaban los ruidos en el piso de abajo: pesados pasos, muebles arrastrados, cristales rotos y algún grito seco. -Esa idea es el cerrojo que impide que entren mí. Ahora la llave es tuya. Te la confío. Sólo tienes que encontrar tu lugar secreto y ocultarla-. Se acercan. Suben por las escaleras como un martillo neumático y empiezan a golpear otras puertas. Se acercan. Casi pueden escuchar su aliento. -Rápido, tienes que encontrarlo. Rápido-. Empiezan a golpear su puerta.

Cede.

Cae un silencio violento. Todo está oscuro.

Pero ella, ya piensa en sol y en lavanda.

Recordad el número

“Recordad el número…”  Julius Fucik era un apasionado de la antigua Roma, y en honor a aquella época compuso una marcha.  La llamó La entrada de los gladiadores. “… de la taquilla…”. No imaginó que años más tarde su melodía se haría mundialmente famosa porque los payasos “…dónde dejáis vuestra ropa…” la utilizaron para anunciar su entrada en el circo. Pienso en este hombre componiéndola e imaginando la entrada de los valerosos gladiadores en el circo de Roma un momento antes de morir por el espectáculo “…así cuando salgáis…”.  Supongo que al músico no le hubiera importado, incluso le divertiría la trasformación de sus gladiadores en payasos de circo “…de las duchas…”. Pero lo que nunca se imaginó fue que años más tarde también la utilizaron  “… no tendréis problema para encontrarla” los nazis para silenciar la entrada de los judíos en las cámaras de gas.

 

 

Si me tomo un caramelo

Si me tomo un caramelo de menta y después bebo un vaso de agua caliente ¿cómo me sabrá el agua, fría o caliente? Este pensamiento le hizo gracia y le hizo abrir los ojos. Vio una pequeña nube blanca. Era una pequeña nube blanca en un cielo abrasador de verano. Esto, también le hizo sonreír. El absurdo y los matices son como la vida pensó. Y se apartó del borde. Cada día se acercaba más. Desde hacía meses tenía ganas de llorar a esa hora pero no lo hacía. Y buscaba excusas para abrir los ojos.

 

Él, se enamoró

 

Él, se enamoró de tanto mirarla. Desde ese momento ya no pudo hacer otra cosa.

Ella, se dio cuenta de que todo lo que era, estaba llena de él. Y su existencia no tenía sentido sino a su lado.

En las noches de verano él la acariciaba con la luz y ella respondía regalando sueños.

Durante su cópula decenas de niños y mayores reían, a veces lloraban, pero siempre

siempre viajaban sentados a otro lugar.

Alguna polilla intrusa quiso ser estrella fugaz en esas noches cálidas que olían a jazmín.

Él era un proyector y ella la pantalla de un cine de verano.

 

Apareció

         Apareció de entre la gente en un contraluz imperfecto. Estaba atardeciendo. El compás de sus pasos se mezclaba con el nessun dorma que salía desde alguna ventana abierta –con cortinas rojas–. Pasó al lado de él con la indiferencia de quien se sabe observada, dejando un aire tibio a su paso. Leve como aleteo. Ella, olía a primavera. Él respiró hondo. “Ciao” dijo  con tono de adiós.”Ciao” contestó ella sin girar la cabeza.